Pasamos gran parte de nuestra vida en el trabajo. Y cuando el ambiente se vuelve tenso, injusto o desgastante, esa carga se traslada a todo lo demás. Afecta tu salud, tu ánimo, tu confianza y hasta tus relaciones fuera de la oficina. Por eso, reconocer un ambiente laboral tóxico es un acto de honestidad y cuidado personal.

Un entorno se vuelve tóxico cuando reina el miedo, la competencia desleal, la falta de comunicación, los favoritismos, los chismes o el maltrato. No siempre es evidente al principio, pero tu cuerpo lo sabe: lo sientes en el estómago, en el insomnio, en la falta de ganas de comenzar el día. Y eso no es normal. No deberías acostumbrarte al malestar.

¿Cómo identificarlo? Observa si hay falta de respeto constante, si no puedes expresar tus ideas sin miedo a represalias, si el trabajo en equipo es inexistente o si hay un clima de presión extrema sin apoyo. También si sientes que tu voz no cuenta, que todo lo haces mal o que tus logros nunca son suficientes.

¿Y qué puedes hacer si estás en un ambiente así?

Primero, valida lo que sientes. No estás exagerando. Lo que vives es real y merece atención. Después, intenta poner límites: habla con respeto pero con firmeza, cuida tu espacio mental y físico, y prioriza tu bienestar. Busca aliados, personas dentro o fuera del trabajo que te escuchen y te acompañen.

Si es posible, habla con alguien de confianza dentro de la organización o recurre a recursos internos como recursos humanos. Y si nada cambia, valora seriamente si es momento de buscar un lugar donde sí puedas crecer y sentirte en paz.

Tu bienestar emocional no debería pagarse con un sueldo. Mereces trabajar en un lugar donde te sientas seguro, valorado y respetado. Donde no tengas que ponerte una armadura cada mañana para sobrevivir.

Recuerda: tu salud mental vale más que cualquier puesto. Y decir “esto no está bien” también es una forma de cuidarte.